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lunes, 30 de noviembre de 2015

La historia de las Hadas






Las hadas son pequeños seres luminosos protectoras de la naturaleza. A las hadas se las representa de la siguiente forma: seres femeninos, de apariencia hermosa y cara de ángel. Suelen ser seres pequeños de origen sobrenatural. Incluso poseen poderes mágicos. Tanto es así que muchas de ellas son representadas con una varita mágica. Y a través de ella emiten infinidad de chispas luminosas.



Otro de los rasgos más característicos de las hadas es su capacidad de cambiar de apariencia. La apariencia más habitual con la que se presentan las hadas es humana, Pueden presentarse con apariencia humana, pero también podemos verlas transformadas con aspecto animal o incluso vegetal. 





La apariencia de las hadas ya la hemos explicado a rasgos, pero nos queda explicar su entrañable carácter. Y es que es muy destacable el cariño, el amor y la cercanía de la hadas con la naturaleza. Otra de sus grandes pasiones es la música. No sólo les encanta, sino que tienen una bonita voz y un enorme talento musical. 


 La prueba de esto último la encontramos a través de Ulises. Él nos narra en su " Odisea" el miedo que sentía a la sugerente voz de las sirenas. Éstas hechizaban de tal manera a los marineros, que muchos de ellos perdían la consciencia escuchando esa dulce y melosa voz y se lanzaban al agua para estar más cerca y oírla mejor. Otros perdían la noción de todo  y no eran capaces de controlar el barco y chocaban con otros buques.





Al hablar de música pensamos en el canto, pero es sólo eso. Las hadas también adoran bailar. Y se dice que poseen un baile hechizador: reunidas en corro, forman un círculo mágico y saltan y bailan alrededor del mismo, alegre y jubilosamente. Una de las noches en la que es probable que veamos este baile es en la noche de San Juan, su noche favorita.

martes, 27 de octubre de 2015

Hogar de las Hadas



El hogar de las hadas es, por supuesto un reino escondido. Su situación se escapa a una localización geográfica, muchas veces se halla en el horizonte, en la silueta de una isla lejana, o bajo nuestro mundo real, en los dominios subterráneos. Ha habido épocas en las que se creía que sí poseía un territorio concreto y físico, aunque móvil.Los galeses suponían que se lo podía encontrar en el Norte de su país, en las regiones montañosas e inaccesibles, y, tiempo después, en la zona insular oeste, misteriosa y escarpada, de Pembrokeshire. Posteriormente, se ubicará en una isla situada en el canal Irlandés, la cual se decía, era vista sólo por los marinos, pero hubo de desaparecer sin explicación.
Sin dudas, la isla de Hadas más famosa ha sido Avalon, donde fue conducido el Rey Arturo para ser curado de sus heridas por las cuatro hadas más poderosas del Reino.Los celtas lo llamaron "La Tierra de la Eterna Juventud" o "Tir-na-Ong", un lugar mítico donde siempre es primavera y los pesares humanos no tienen cabida, allí fue donde se refugiaron los del Reino de Dannan antes de la invasión salvaje de los Milesios. Los habitantes de los Dominios feéricos se dividen en especies según su hogar natural. Hay grupos que viven en las islas mencionadas, otros en los bosques, en las aguas, etc. Entre estos grupos también se diferencian distintos estilos de vida, ya que algunos viven organizados jerárquicamente como cualquier sociedad (estos son los que residen en las "Colinas Huecas"), y otros son básicamente solitarios e independientes, como los Leprechauns y algunas hadas acuáticas.
Se ha ubicado el Reino de las Hadas en parajes imaginarios o tan lejanos que resultaría imposible verlos, aunque la gran mayoría los ha hecho residentes de ruinas, bosques, y fuentes o cavernas. También existen historias que refieren a él como un Reino Subacuático, totalmente invisible.








Con todo esto, lo que podemos saber y tal vez creer, es que están donde ellas lo deseen, interactuando o no según su antojo, con la raza humana. Para un hada, las distancias difícilmente resulten impedimento de valor para sus propósitos. Quizá por eso, nos animemos a decir que, el reino de las Hadas, está allí donde more quien crea en su existencia...
Las Hadas son muy numerosas, y están clasificadas por especies. Asimismo, todos estos seres mágicos y fantásticos son considerados "Elementales", ya que cada uno de ellos está asociado a un elemento natural, Agua, Aire, Tierra y Fuego. Esta división se ha hecho en virtud de su hábitat natural, y de sus características particulares en cuanto a estilo de vida, origen y costumbres... 





martes, 20 de octubre de 2015

Pipo, el ratón




Aunque su madre le había hecho jurar de todas las formas posibles que jamás entraría en esa casa, Pipo habría sido incapaz de cumplir tamaña promesa. Es descabellado jurar que no haremos lo que sabemos que deseamos con tanta intensidad, se decía. Que nuestros miedos guíen nuestras decisiones es descabellado y es peor que morir, reafirmaba sus ideas.
Pipo era un ratoncito diminuto que había nacido con menos peso que los demás, pero todo lo que no tenía en peso físico la vida se lo había dado en coraje; así que, sin dudarlo, cuando una tarde encontró la puerta del cobertizo abierta se escabulló rumbo a la enorme casa en la que habitaba el gran enemigo: una familia, igual a la suya, pero de humanos.
Cuando cruzó la inmensa puerta de madera se supo en el paraíso. Y todavía lo acompañaba esa sensación cuando trepó a la alacena y halló una enorme bolsa de galletas que engulló sin ninguna delicadeza. Pero toda su confianza se desplomó cuando al bajar de el inmenso instante sus ojos fueron a dar con la mirada azul de un gato regordete y desabrido que no dudó en perseguirlo por toda la casa. Pipo consiguió meterse en una bolsa de papel que milagrosamente estaba en el suelo.
Se quedó quietecito hasta que notó que el gato ya no merodeaba y entonces intentó salir de su escondite. Pero por mucho que intentó dar con el hueco por el que había entrado, no lo encontró. Comenzó a rascar y rascar las paredes en busca del hueco que le permitiera introducirse en esa bolsa pero estaba completamente sellada. Durante un buen rato estuvo encomendado a esta tarea sin lograr resultados favorables. Desesperado, comenzó a llorar y a llamar a su mamá, pero sólo el silencio le respondió. Finalmente se quedó dormido.
Al despertar estaba en la misma situación. No le quedaba otra, tenía que seguir intentándolo; comenzó a rascar nuevamente las paredes de su celda. Entonces un violento terremoto sacudió su hábitat. Nada podía hacer, durante un rato se vio zarandeado de un extremo al otro del bolsa. Cuando finalmente todo se calmó, la bolsa se abrió. Ante él dos humanos sonreían y lo invitaban a salir. Lo hizo lentamente; no le pegaron, incluso sostuvieron al gato para que no lo atrapara.
Al regresar junto a su madre estuvo a punto de contarle lo acontecido pero, prefirió guardarse ese secreto. Y desde ese día, cada tanto, Pipo sale del cobertizo y visita a los humanos que lo reciben entre risas mientras sostienen al gato amenazante y gruñón.

martes, 24 de febrero de 2015

El rey y la rana

Hace muchos años, cuando el desear aún le ayudaba a uno, vivía un rey cuyas hijas eran todas buenas doncellas, pero la más joven era tan bondadosa, que el mismo sol, que ha visto tanto, se detenía cada vez que iluminaba su camino. Cerca del castillo del rey, había una inmensa y oscura selva, y bajo un viejo árbol de lima había un pozo, y cuando el día esta muy caliente, la hija menor del rey iba a la selva a sentarse junto a la fresca fuente, y cuando se aburría, tomaba una bola de oro y la tiraba alto para capturarla. Y esta bola era su juguete favorito.

   Pero sucedió que en una ocasión la bola no llegó a las manos que la esperaban, sino que cayó al suelo y rodó hasta caer en el pozo. La hija del rey la siguió con sus ojos, hasta que desapareció. Y el pozo era profundo, tan profundo que no se alcanzaba a ver el fondo. Ella empezó a llorar, y a llorar más alto y más alto sin llegar a sentir consuelo. Y mientras se lamentaba oyó que alguien le decía:

-"¿Que te sucede, hija del rey?, te lamentas tanto que hasta las piedras te mostrarían piedad"-

Ella miró alrededor buscando hacia donde venía la voz, y vio a una rana sacando del agua su gran cabeza.

-"¡Ah!, vieja corredora de aguas, ¿eres tú?"- preguntó.- "Estoy llorando por mi bola de oro, que cayó dentro del pozo"- concluyó diciendo.

-"Quédate tranquila y no llores más"- contestó la rana. "Yo te puedo ayudar, pero ¿que me darás a cambio si te regreso ese juguete de nuevo?"-

-"Lo que tú quieras, querida rana"- dijo ella. -"Mis vestidos, mis perlas y joyas, y hasta la corona de oro que llevo puesta"-

La rana respondió: -"No me interesan tus vestidos, tus perlas o joyas, ni la corona de oro, pero si me amaras y me dejaras ser tu compañera y socia de juegos, y sentarme contigo en tu mesa, y comer de tu plato de oro, y beber de tu vaso, y dormir en tu cama junto a tí. Si tú me prometes cumplir todo eso, yo bajaré y traeré acá de regreso tu bola de oro."-

-"Oh, claro" - dijo ella, -"yo te prometo cumplir tus deseos, si me regresas la bola"- 


Ella sin embargo pensaba: -"¡Cómo habla esa tonta rana! ¡Ella vive en el agua junto a las otras ranas y sapos y no podría ser compañera de ningún ser humano!"-

Pero la rana, una vez recibida la promesa, metió su cabeza en el agua y se sumergió profundamente, y momentos después subía nadando trayendo en su boca la bola, y la tiró en el zacate. La hija del rey quedó encantada de ver una vez más de nuevo a su juguete, y recogiéndola corrió con ella.

-"¡Espera, espera!"- gritaba la rana. -"¡Llévame contigo, que no puedo correr como lo haces tú!-

Pero ¿de qué le serviría gritar, aún con su croak, croak, tan fuerte como podía? Ella no la escuchaba, y corrió a su aposento y pronto olvidó a la pobre rana, que se vio obligada a regresar al pozo de nuevo.

Al día siguiente, cuando se sentó a la mesa con el rey y los cortesanos, y había empezado a comer en su plato de oro, algo llegó brincando y sonando splash, splash, a las gradas de mármol, y cuando llegó arriba, tocó a la puerta y gritó:

-"Princesa, la más joven de las princesas, ábreme la puerta a mí."-

Ella corrió a ver que había afuera, pero cuando abrió la puerta, encontró a la rana sentada al frente. Entonces ella tiró la puerta a toda prisa, y regresó a sentarse a la mesa y quedó muy asustada. El rey vio que estaba sumamente alterada y que su corazón latía fuertemente y le preguntó:

-"Mi muchachita, ¿qué es lo que te asustó tanto?, ¿está por casualidad un gigante afuera que quiere raptarte y llevarte lejos?"-

-"Oh, no"- replicó ella. -"No es un gigante, sino una horrible rana"-

--"¿Y qué hace una rana contigo?"-

-"Ah, mi querido padre, ayer yo estaba en la foresta, sentada junto al pozo, jugando con mi bola de oro, cuándo ésta cayó a lo profundo del pozo.

Y como yo lloraba mucho, la rana me la regresó, y como ella insistía, yo le prometí que podía ser mi compañera, ¡pero nunca pensé que sería capaz de alejarse de sus aguas! Y ahora está ahí afuera, esperando que la ingrese conmigo."-

Mientras tanto la rana tocó a la puerta por segunda vez, y gritaba:

-¡Princesa! ¡La más joven de las princesas!

¡Ábreme a mi la puerta!

¿Recuerdas lo que me dijiste

ayer en las frescas aguas de la fuente?

¡Princesa, la más joven princesa!

¡Ábreme a mi la puerta!

Entonces dijo el rey:

-"Lo que tú has prometido, debes cumplirlo. Ve y déjala entrar"-

Ella fue y abrió la puerta, y la rana saltó y la siguió a ella, paso a paso, hasta su silla. Entonces, cuando la princesa se sentó, la rana gritó:

-"Levántame para estar a tu lado."-

Ella no actuaba, hasta que el rey le ordenó hacerlo. Cuando la rana ya estaba en la silla, le pidió estar en la mesa, y una vez en la mesa dijo:

-"Ahora, empuja tu plato de oro más cerca de mí de modo que podamos comer juntos."-

Ella lo hizo, pero fue fácil ver que lo hacía sin su voluntad. La rana disfrutó de la comida, pero casi todos los bocados que la princesa tomaba, la estremecían. Al final dijo la rana:

-"Ya he comido y estoy satisfecha; ahora estoy cansada, llévame a tu dormitorio, alista tu sedosa cama, y ambos iremos a dormir."-

La hija del rey empezó a llorar, porque tenía miedo de la fría rana que ella no quería tocar, y que iba ahora a dormir en su preciosa y limpia cama. Pero el rey se molestó y dijo:

-"Aquel que te ayudó cuando estuviste en apuros, no debe ser decepcionado por tí."-

Así que ella tomó a la rana con sólo dos dedos, la llevó arriba y la puso en una esquina. Pero cuando ella se metió a su cama, la rana sigilosamente se le acercó y le dijo:

-"Estoy cansada, quiero dormir tan bien como tú, levántame o se lo diré a tu padre."-

Entonces ella se enojó terriblemente, la tomó en sus manos y la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared.

-"Ahora te estarás quieta, odiosa rana."- dijo ella.

Pero cuando cayó al suelo ya no era una rana, sino un encantador príncipe de bellos modales.

Ahora, él, por decisión de ella y de su padre, es su compañero y esposo. Entonces él le contó cómo había sido hechizado por un malvado brujo, y cómo nadie lo había sacado nunca del pozo, excepto ella, y que mañana podrían ir juntos a su reino. Ambos fueron a dormir, y a la mañana siguiente, al levantar el sol, llegó un carruaje con ocho caballos blancos, con plumas blancas de avestruz en sus cabezas, y con arreos con cadenas de oro, y atrás venía el fiel sirviente Henry.

El fiel sirviente Henry había quedado tan infeliz cuando su patrón fue convertido en rana, que se había atado tres bandas de hierro alrededor de su corazón para que no reventara de pena y tristeza. El carruaje condujo al príncipe a su reino. El fiel Henry les ayudó a ambos, y se puso a sus órdenes de nuevo, y estaba lleno de dicha por su rescate. Y cuando iban de camino, el hijo del rey escuchó que algo se quebraba atrás de él. Se volvió y gritó:

-"Hey, Henry, el carruaje se está quebrando."-

-"No, patrón, no es el carruaje. Es una banda que está sobre mi corazón, que me había puesto por mi gran dolor por su encantamiento como rana dentro del pozo. Otra y otra vez volvieron aquellos sonidos, y el hijo del rey pensaba que el carruaje se estaba quebrando, pero sólo eran las bandas que se reventaban de alrededor del corazón del fiel Henry porque su patrón era ahora libre y feliz. 


(Hermanos Grimm) 




viernes, 20 de febrero de 2015

El agua del paraiso

Un beduino seco y miserable, que se llamaba Harith, vivía desde siempre en el desierto. Se desplazaba de un sitio a otro con su mujer Nafisa. Hierba seca para su camello, comía insectos, de vez en cuando un puñado de dátiles, un poco de leche.

Llevaba realmente una vida dura y amenazada. Harith cazaba las ratas del desierto para apoderarse de su piel y hacía cuerdas con las fibras de las palmeras, que intentaba vender en las caravanas.

Sólo bebía el agua salobre que encontraba en los pozos enfangados.

Un día apareció un nuevo río en la arena. Harith probó aquella agua desconocida, que era amarga y salada, e incluso un poco turbia. Pero le pareció que el agua del verdadero paraíso acababa de deslizarse por su garganta.

Llenó dos botas de piel de cabra, una para él y otra el califa Harun Al-Rashid, y se puso en camino hacia Bagdad. A su llegada, tras un penoso viaje, le contó su historia a a los guardias, según la práctica establecida, y fue admitido ante el califa. Harith se postró ante el Príncipe de los Creyentes y le dijo:

- "No soy más que un pobre beduino, ligado al desierto donde el destino me ha hecho nacer. No conozco nada más que el desierto, pero lo conozco bien. Conozco todas la aguas que allí se pueden encontrar. Por eso he decidido traértela para que la pruebes."

Harun Al-Rashid se hizo traer un vaso y probó el agua del río amargo. Toda la corte lo observaba. Bebió un buen trago y su rostro no expresó ningún sentimiento. Se quedó pensativo un instante y entonces con fuerza repentina pidió que el hombre fuera llevado y encerrado, con la orden estricta de que no viese a nadie. El beduino, sorprendido y decepcionado, fue encerrado en una celda.

- "Lo que nada es para nosotros, lo es todo para él. Lo que para él es el agua del Paraíso, no es más que una desagradable bebida para nosotros. Pero tenemos que pensar en la felicidad de ese hombre", dijo el califa a las personas de su entorno, curiosos por su decisión.

Al caer la noche hizo llamar al beduino. Dio la orden a sus guardias de que lo acompañasen de inmediato fuera de la ciudad, hasta la entrada del desierto, sin permitirle ver ni el río Tigris ni ninguna de las fuentes de la ciudad, sin darle otra agua que la suya para beber. Cuando el beduino se iba del palacio en la oscuridad de la noche, vio por última vez al califa. Éste le dio mil monedas de oro y le dijo:

- "Te doy las gracias. Te nombro guardián del agua del Paraíso. La administrarás en mi nombre. Vigílala y protégela. Que todos los viajeros sepan que te he nombrado para tal puesto."

El beduino, feliz, besó la mano del gran califa y regresó rápidamente a su desierto. 



la luciernaga y la luna



Había una vez una comunidad de luciérnagas que habitaba el interior de un gigantesco lampati, uno de los árboles más majestuosos y antiguos de Tailandia. Cada noche, cuando todo se volvía oscuro y apenas se escuchaba el leve murmurar de un cercano río, todas las luciérnagas salían del árbol para mostrar al mundo sus maravillosos destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces, bailando al son de una música inventada para crear un sinfín de centelleos luminosos más resplandeciente que cualquier espectáculo de fuegos artificiales.
Pero entre todas las luciérnagas del lampati había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a volar.
- No, hoy tampoco quiero salir a volar -decía todos los días la pequeña luciérnaga-. Id vosotros que yo estoy muy bien aquí en casita.
Tanto sus padres como sus abuelos, hermanos y amigos esperaban con ilusión la llegada del anochecer para salir de casa y brillar en la oscuridad. Se divertían tanto que no comprendían por qué la pequeña luciérnaga no les quería acompañar. Le insistían una y otra vez, pero no había manera de convencerla. La pequeña luciérnaga siempre se negaba.
-¡Que no quiero salir afuera! -repetía una y otra vez-. ¡Mira que sois pesados!
Toda la colonia de luciérnagas estaba muy preocupada por su pequeña compañera.
-Tenemos que hacer algo -se quejaba su madre-. No puede ser que siempre se quede sola en casa sin salir con nosotros.
-No te preocupes, mujer -la consolaba el padre-. Ya verás como cualquier día de estos sale a volar con nosotros.
Pero los días pasaban y pasaban y la pequeña luciérnaga seguía encerrada en su cuarto.
Una noche, cuando todas las luciérnagas habían salido a volar, la abuela de la pequeña se le acercó y le preguntó con mucha delicadeza:
-¿Qué es lo que ocurre, mi pequeña? ¿Por qué no quieres venir nunca con nosotros a brillar en la oscuridad?
-Es que no me gusta volar-, respondió la pequeña luciérnaga.
-Pero, ¿por qué no te gusta volar ni mostrar tu maravillosa luz? -insistió la abuela luciérnaga.
-Pues... -explicó al fin la pequeña luciérnaga-. Es que para qué voy a salir si nunca podré brillar tanto como la luna. La luna es grande, y muy brillante, y yo a su lado no soy nada. Soy tan diminuta que en comparación parezco una simple chispita. Por eso siempre me quedo en casa, porque nunca podré brillar tanto como la luna.
La abuela había escuchado con atención las razones de su nieta, y le contestó:
-¡Ay, mi niña! hay una cosa de la luna que debería saber y, visto o visto, desconoces. Si al menos salieras de vez en cuando, lo habrías descubierto, pero como siempre te quedas en el árbol, pues no lo sabes.
-¿Qué es lo que he de saber y no sé? -preguntó con impaciencia la pequeña luciérnaga.
-Tienes que saber que la luna no tiene la misma luz todas las noches -le contestó la abuela-. La luna es tan variable que cada día es diferente. Hay días en los que es grande y majestuosa como una pelota, y brilla sin cesar en el cielo. Pero hay otros días en los que se esconde, su brillo desaparece y el mundo se queda completamente a oscuras.
-¿De veras hay noches en las que la luna no sale? -preguntó sorprendida la pequeña luciérnaga.
-Así es -le confirmó la abuela. La luna es muy cambiante. A veces crece y a veces se hace pequeñita. Hay noches en las que es grande y roja y otras en las que desaparece detrás de las nubes. En cambio tú, mi niña, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.
La pequeña luciérnaga estaba asombrada ante tal descubrimiento. Nunca se había imaginado que la luna pudiese cambiar y que brillase o se escondiese según los días.
Y a partir de aquel día, la pequeña luciérnaga decidió salir a volar y a bailar con su familia y sus amigos. Así fue como nuestra pequeña amiguita aprendió que cada uno tiene sus cualidades y, por tanto, cada uno debe brillar con su propia luz.

(Cuento popular tailandés) 

Pulgarcito

 
Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones. El mayor sólo tenía diez años y el menor, alcanzaba los siete. Puede parecer extraño que el leñador tuviera tantos hijos en tan poco espacio de tiempo; pero es que su esposa trabajaba a destajo y los traía a pares.
Eran muy pobres y sus siete hijos constituían una carga muy pesada, pues ninguno de ellos podía aún ganarse la vida. Sufrían todavía más porque el más pequeño era muy delicado y no pronunciaba una sola palabra, interpretando como imbecilidad lo que era un rasgo de la bondad de su espíritu. Era muy pequeñito, y cuando llegó al mundo no era más grande que el pulgar, lo que hizo que lo llamaran Pulgarcito.
Este pobre niño era el sufrelotodo de la casa, y siempre le echaban la culpa de todo. Sin embargo, era el más listo y el más perspicaz de todos sus hermanos y, si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho.
* * *
Vino un año de "vacas flacas", y la hambruna fue tan grande, que estas pobres gentes decidieron deshacerse de sus hijos. Una noche, mientras que los niños estaban acostados, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego, le dijo con el corazón transido de dolor:
-Estás viendo que ya no podemos alimentar a nuestros hijos; no soportaría verlos morir de hambre ante mis ojos, y estoy decidido a abandonarlos mañana en el bosque, lo que será muy fácil, pues mientras ellos se entretienen haciendo haces con las astillas, nosotros huiremos sin que nos vean.
-¡Ah! -exclamó la leñadora- ¿serías capaz de abandonar a tus hijos?
Por más que su marido le hiciera ver muy claramente su gran pobreza, ella no podía permitirlo; era pobre, pero era su madre. Sin embargo, después de considerar el gran dolor que le supondría verlos morir de hambre, consintió y fue a acostarse llorando.
Pulgarcito escuchó todo lo que dijeron, pues, habiendo oido desde su cama que hablaban de asuntos importantes, se había levantado con mucho cuidado y se deslizó debajo del taburete de su padre para escucharlos sin ser visto. Después, volvió a la cama y no durmió más en toda la noche, pensando en lo que tenía que hacer.
Se levantó de madrugada y fue hasta la orilla de un riachuelo donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa. Partieron todos, y Pulgarcito no dijo a sus hermanos nada de todo lo que sabía. Fueron a un bosque muy tupido donde, a diez pasos de distancia, no se veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y sus hijos a recoger ramitas para hacer haces. El padre y la madre, viéndolos ocupados en su trabajo, se alejaron de ellos con sumo cuidado y, luego, echaron a correr por un sendero apartado.
Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a gritar y a llorar con todas sus fuerzas. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien por dónde regresarían a la casa; pues, mientras andaban, había dejado caer a lo largo del camino los guijarros blancos que llevaba en los bolsillos. Entonces les dijo:
-No temáis, hermanos; mi padre y mi madre nos dejaron aquí, pero yo os llevaré de vuelta a casa, no tenéis más que seguirme.
Lo siguieron y él los condujo hasta su casa por el mismo camino que habían hecho hacia el bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, sino que se pusieron todos junto a la puerta para escuchar lo que hablaban su padre y su madre.
* * *
En el momento en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa, el señor del pueblo les envió diez escudos que les debía desde hacía tiempo y que ellos ya no esperaban. Esto les devolvió la vida ya que los infelices se morían de hambre. El leñador mandó en el acto a su mujer a la carnicería. Como hacía mucho tiempo que no comían, compró tres veces más carne de la que necesitaban para la cena de dos personas. Cuando estuvieron saciados, la leñadora dijo:
-¡Qué lástima! ¿Dónde estarán ahora nuestros pobres hijos? Tendrían una buena comida con lo que nos queda. Pero también, Guillermo, eres tú quien has querido abandonarlos. Bien decía yo que nos arrepentiríamos. ¿Qué estarán haciendo ahora en ese bosque? ¡Qué lástima, Dios mío!: ¡Quizás los lobos ya se los han comido! Eres inhumano al haber abandonado así a tus hijos.
El leñador se impacientó al fin, pues ella repitió más de veinte veces que se arrepentirían y que ella bien lo había dicho. Él la amenazó con pegarle si no se callaba.
No es que el leñador no estuviese igual de afligido que su mujer, sino que ella le machacaba la cabeza, y sentía lo mismo que muchos otros hombres, a quienes les gustan las mujeres que dicen bien las cosas, pero que consideran inoportunas a las que repiten una y otra vez la misma cantinela.
La leñadora estaba deshecha en lágrimas.
-¡Ay! ¿Dónde estaránn ahora mis hijos, mis pobres hijos?
Lo dijo una vez tan fuerte, que los niños, que estaban en la puerta, la oyeron y se pusieron a gritar todos juntos:
-¡Aquí estamos, aquí estamos!
Ella corrió de prisa a abrirles la puerta y les dijo abrazándolos:
-¡Qué contenta estoy de volver a veros, mis queridos niños! Estaréis muy cansados y tendréis hambre; y tú, Pedrito, ¡cómo estás de embarrado! ¡Ven que te limpie!
Pedrito era el hijo mayor, a quien más quería, porque era un poco pelirrojo, muy parecido a ella.
Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que agradó mucho al padre y a la madre; contaron el miedo que habían pasado en el bosque, hablando casi siempre todos a la vez.
Estas buenas gentes estaban felices de ver nuevamente a sus hijos junto a ellos, y esta alegría duró tanto como duraron los diez escudos. Cuando se acabó el dinero, volvieron a caer en la misma preocupación, y nuevamente decidieron abandonarlos; pero para no fracasar, los llevarían mucho más lejos que la primera vez.
No pudieron hablar de esto tan en secreto como para no ser escuchados por Pulgarcito, quien decidió arreglárselas igual que en la ocasión anterior; pero, aunque se levantó de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo conseguirlo pues encontró la puerta cerrada con doble vuelta de llave.
No sabía qué hacer; cuando la leñadora les dio a cada uno un pedazo de pan para el desayuno, pensó que podría usar su pan en vez de los guijarros, dejándolo caer las migajas a lo largo del camino por donde pasaran; lo guardó, pues, en el bolsillo.
El padre y la madre los llevaron al lugar más oscuro y tupido del bosque y, en cuanto llegaron, huyeron por un sendero apartado y abandonaron a los niños.
Pulgarcito no se preocupó mucho, porque creía que podría encontrar fácilmente el camino, gracias al pan que había ido dejando caer por todas partes por donde había pasado; pero quedó muy sorprendido cuando no pudo encontrar ni una sola migaja; habían venido los pájaros y se lo habían comido todo. Helos ahí, entonces, muy asustados, pues cuanto más caminaban más se perdían y se internaban en el bosque.
Vino la noche, y empezó a soplar un fuerte viento que les producía un susto terrible. Por todos lados creían oír los aullidos de lobos que se acercaban a ellos para comérselos. Casi no se atrevían a hablar ni a volver la cabeza hacia atrás. Empezó a caer una fuerte lluvia que los caló hasta los huesos; resbalaban a cada paso y caían en el barro de donde se levantaban cubiertos de lodo, sin saber qué hacer con sus manos.
Pulgarcito trepó a lo alto de un árbol para ver si descubría algo; girando la cabeza de un lado a otro, divisó una lucecita como de un candil, pero que estaba muy lejos, más allá del bosque. Bajó del árbol y, cuando llegó al suelo, ya no vio nada; esto lo desesperó. Sin embargo, después de caminar un rato con sus hermanos hacia donde había visto la luz, volvió a divisarla al salir del bosque.
Llegaron, por fin, a la casa donde estaba la luz, no sin pasar mucho miedo, pues de cuando en cuando la perdían de vista, lo que ocurría cada vez que atravesaban un declive del terreno. Llamaron a la puerta y una mujer les abrió. Les preguntó qué querían; Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños que se habían extraviado en el bosque y le pedían por caridad que les dejara pasar allí la noche. La mujer, viéndolos a todos tan guapos, se puso a llorar y les dijo:
-¡Vaya por Dios! Hijos míos, ¡adónde habéis venido a parar! ¿Sabéis que esta es la casa de un ogro que se come a los niños?
-¡Ay, señora! -le respondió Pulgarcito, que temblaba como un azogado, lo mismo que sus hermanos-. ¿Qué podemos hacer? Los lobos del bosque nos comerán con toda seguridad esta noche si usted no quiere cobijarnos en su casa. Y siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; quizás tenga compasión de nosotros, si usted se lo pide.
La mujer del ogro, que creyó poder esconderlos de su marido hasta la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse junto a un buen fuego, pues estaba asándose un cordero entero para la cena del ogro. Cuando empezaban a entrar en calor, oyeron tres o cuatro fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba.
En el acto la mujer los escondió debajo de la cama y fue a abrir la puerta. Lo primero que preguntó el ogro fue si la cena estaba lista y si había sacado el vino, y en seguida se sentó a la mesa. El cordero estaba aún sangrando, pero por eso mismo lo encontró mejor.
Olfateaba a derecha e izquierda, diciendo que olía a carne fresca.
-Será -le dijo su mujer- ese ternero que acabo de preparar.
-Huelo a carne fresca, otra vez te lo digo -repuso el ogro mirando de reojo a su mujer- aquí hay algo que no comprendo.
Al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a la cama.
-¡Ah, maldita mujer! -dijo él-. ¡Cómo querías engañarme! ¡No sé por qué no te como a ti también! Suerte para ti que eres una vieja bestia. Esta caza me viene como anillo al dedo para invitar a tres ogros amigos mios que vendrán a verme estos días.
Sacó a los niños de debajo de la cama, uno tras otro. Los pobres niños se arrodillaron pidiéndole perdón; pero estaban ante el más cruel de los ogros quien, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decía a su mujer que se convertirían en sabrosos bocados cuando hiciera una buena salsa con ellos. Fue a coger un enorme cuchillo y, mientras se acercaba a los infelices niños, lo afilaba en una piedra que llevaba en la mano izquierda.
Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer le dijo:
-¿Qué queréis hacer a esta hora? ¿No tendréis tiempo mañana por la mañana?
-Cállate -repuso el ogro-; así estarán más tiernos.
-Pero si todavía tenéis mucha carne -prosiguió la mujer-; hay un ternero, dos corderos y la mitad de un cerdo.
-Tienes razón -dijo el ogro-; dales una buena cena para que no adelgacen, y llévalos a acostarse.
La buena mujer se puso contentísima, y les trajo una buena comida, pero ellos no podían comer, de tanto miedo como tenían. En cuanto al ogro, siguió bebiendo, encantado de tener algo tan bueno para agasajar a sus amigos. Bebió una docena de tragos más que de costumbre, lo que le produjo un poco de dolor de cabeza, y lo obligó a acostarse.
* * *
El ogro tenía siete hijas, muy pequeñas todavía. Estas pequeñas ogresas tenían todas un bonito color de cara, pues comían carne fresca, como su padre; pero tenían ojillos grises y redondos, la nariz ganchuda y una boca muy grande con puntiagudos dientes muy separados unos de otros. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían bastante, pues ya mordían a los niños pequeños para chuparles la sangre.
Las habían acostado temprano, y estaban las siete en una cama grande, con una corona de oro en la cabeza cada una.
En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño; allí acostó la mujer del ogro a los siete chicos, después de lo cual ella se fue a la cama al lado de su marido.
Pulgarcito, que había observado que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza y, temiendo que el ogro se arrepintiera de no haberlos degollado esa misma noche, se levantó en mitad de la noche y cogiendo los gorros de sus hermanos y el suyo, fue muy despacito a colocarlos en las cabezas de las siete hijas del ogro, después de haberles quitado sus coronas de oro, que puso sobre las cabezas de sus hermanos y en la suya a fin de que el ogro los tomase por sus hijas, y a sus hijas por los niños que quería degollar.
La cosa resultó tal como había pensado; pues el ogro, habiéndose despertado a medianoche, se arrepintió de haber dejado para el día siguiente lo que pudo hacer la víspera. Saltó , pues, bruscamente de la cama, y cogiendo su enorme cuchillo:
-Vamos a ver -dijo- cómo se portan estos pequeñajos; no lo pensemos dos veces.
Subió a tientas a la habitación de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían menos Pulgarcito, que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que le tocaba la cabeza, como había hecho con sus hermanos. El ogro, que sintió las coronas de oro:
-¡Vaya, hombre -dijo-, buena la iba a hacer! Veo que anoche bebí más de la cuenta.
Se dirigió después a la cama de sus hijas y, habiendo tocado los gorros de los chicos:
-¡Ah! -exclamó- ¡aquí están nuestros mozuelos! ¡Pues, venga, manos a la obra!
Y, diciendo esto, degolló sin vacilar a sus siete hijas. Luego, muy satisfecho de esta expedición, volvió a acostarse junto a su mujer.
Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran rápido y lo siguieran. Bajaron muy despacio al jardín y saltaron por encima de la tapia. Corrieron durante toda la noche, siempre temblando y sin saber a dónde se dirigían.
El ogro, al despertar, dijo a su mujer:
-Anda arriba a preparar a esos pequeñajos de ayer.
Muy sorprendida quedó la ogresa de la bondad de su marido, sin sospechar de qué manera entendía él que los preparara; y, creyendo que le ordenaba vestirlos, subió y cuál no sería su asombro al ver a sus siete hijas degolladas y nadando en su propia sangre. Empezó por desmayarse (que es lo primero que hacen casi todas las mujeres en circunstancias parecidas). El ogro, temiendo que su mujer tardara demasiado en hacer la tarea que le había encomendado, subió para ayudarla. Su asombro no fue menor que el de su mujer cuando vio este horrible espectáculo.
-¡Ay! ¿qué hice? -exclamó-. ¡Me la pagarán estos desgraciados, y ahora mismo!
-Echó un jarro de agua en las narices de su mujer, haciéndola volver en sí:
-Dame pronto mis botas de siete leguas -le dijo- para ir a atraparlos.
Emprendió la marcha y, después de haber recorrido largos trayectos en todas direcciones, tomó finalmente el camino por donde iban los pobres niños, que ya estaban sólo a cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al ogro, que iba de montaña en montaña, y que cruzaba ríos con la misma facilidad con que hubiera cruzado el más pequeño riachuelo. Pulgarcito, que descubrió una roca hueca cerca del lugar donde estaban, hizo que sus hermanos se escondieran allí y se escondió él también, sin perder de vista lo que hacía el ogro.
El ogro, que estaba agotado de tanto caminar inútilmente (pues las botas de siete leguas fatigan demasiado), quiso descansar y, por casualidad, fue a sentarse sobre la roca donde se habían escondido los niños. Como ya no podía más de cansancio, se durmió después de descansar un rato, y se puso a roncar de forma tan espantosa que los pobres niños se asustaron igual que cuando sostenía el enorme cuchillo para cortarles el pescuezo.
Pulgarcito sintió menos miedo, y les dijo a sus hermanos que huyeran a toda prisa a casa, mientras el ogro dormía profundamente, y que no se preocuparan por él. Le obedecieron y llegaron en seguida a su casa.
Pulgarcito, acercándose al ogro, le sacó suavemente las botas y se las puso al instante. Las botas eran bastante anchas y grandes; pero como eran mágicas, tenían el don de agrandarse y empequeñecerse según la pierna del que las calzaba, de manera que se ajustaban a sus pies y a sus piernas como si las hubieran hecho para él. Partió recto a casa del ogro, donde encontró a su mujer. que lloraba junto a sus hijas degolladas.
-Su marido -le dijo Pulgarcito- está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de ladrones que han jurado matarlo si no les da todo el oro y la plata que tenga. En el momento en que lo tenían con el puñal al cuello, me vio y me pidió que viniera a avisarle del estado en que se encuentra, y a decirle que me dé todo lo que tenga de valor en la casa sin ocultar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia. Como el asunto apremia, quiso que me pusiera sus botas de siete leguas, como puede ver, para ir más deprisa, y también para que usted no creyera que estaba mintiendo.
La buena mujer, muy asustada, le dio en el acto todo lo que tenía; pues este ogro no dejaba de ser un buen marido, aun cuando se comiera a los niños pequeños. Pulgarcito, cargado con todas las riquezas del ogro, volvió a la casa de su padre donde fue recibido con la mayor alegría.
* * *
Hay muchas personas que no están de acuerdo con esta última circunstancia, y sostienen que Pulgarcito jamás cometió ese robo; que, a decir verdad, no tuvo ningún escrúpulo en quitarle las botas de siete leguas al ogro porque éste las usaba solamente para perseguir a los niños.
Estas personas aseguran saberlo de buena tinta, y hasta dicen que por haber estado comiendo y bebiendo en casa del leñador. Aseguran que cuando Pulgarcito se calzó las botas del ogro, se fue a la corte, donde sabía que estaban preocupados por un ejército que se hallaba a doscientas leguas de allí, y por el resultado de una batalla que se había librado. Cuentan que fue a ver al rey y le dijo que si lo deseaba, él le traería noticias del ejército antes de acabar el día.
El rey le prometió una gran cantidad de dinero si lo conseguía. Pulgarcito trajo las noticias esa misma tarde y, habiéndose dado a conocer por aquel primer encargo, ganó todo lo que quiso; pues el rey le pagaba generosamente por transmitir sus órdenes al ejército; además, numerosas damas le daban lo que él pidiera por traerles noticias de sus amantes, lo que le proporcionaba sus mayores ganancias. Había algunas mujeres que le encargaban cartas para sus maridos, pero le pagaban tan mal y representaba tan poca cosa, que ni se dignaba tener en cuenta lo que ganaba por ese lado.
Después de ejercer durante algún tiempo el oficio de correo, y de haber amasado una gran fortuna, volvió a casa de su padre, donde la alegría de volver a verlo es imposible de describir. Acomodó a su familia. Compró cargos de nueva creación para su padre y para sus hermanos y así fue colocándolos a todos, al mismo tiempo que se creaba un excelente posición en la Corte. 




Los tres deseos


Había una vez un hombre, que no era muy rico, que se casó con una bella mujer. Una noche de invierno, sentados junto al fuego, comentaban la felicidad de sus vecinos que eran más ricos que ellos.

-¡Oh! -decía la mujer- si pudiera disponer de todo lo que yo quisiera, sería muy pronto mucho más feliz que todas estas personas.

-Y yo -dijo el marido-. Me gustaría vivir en el tiempo de las hadas y que hubiera una lo suficientemente buena como para concederme todo lo que yo quisiera.

En ese preciso instante, vieron en su cocina a una dama muy hermosa, que les dijo:

-Soy un hada; prometo concederles las tres primeras cosas que deseen; pero tengan cuidado: después de haber deseado tres cosas, no les concederé nada más.

Cuando el hada desapareció, aquel hombre y aquella mujer se hallaron muy confusos:

-Para mí, que soy el ama de casa -dijo la mujer- sé muy bien cuál sería mi deseo: no lo deseo aún formalmente, pero creo que no hay nada mejor que ser bella, rica y fina.

-Pero, -contestó el marido- aún teniendo todas esas cosas, uno puede estar enfermo, triste o incluso puede morir joven: sería más prudente desear salud, alegría y una larga vida.

-¿De qué serviría una larga vida, si se es pobre? -dijo la mujer-. Eso sólo serviría para ser desgraciado durante más tiempo. En realidad, el hada habría debido prometer concedernos una docena de deseos, pues hay por lo menos una docena de cosas que yo necesitaría.

-Eso es cierto -dijo el marido- pero démonos tiempo, pensemos de aquí a mañana por la mañana, las tres cosas que nos son más necesarias, y luego las pediremos.

-Puedo pensar en ello toda la noche -dijo la mujer- mientras tanto, calentémonos pues hace frío.

Mientras hablaba, la mujer cogió unas tenazas y atizó el fuego; y cuando vio que había bastantes carbones encendidos, dijo sin reflexionar:

-He aquí un buen fuego, me gustaría tener un alna de morcilla para cenar, podríamos asarla fácilmente.

Tan pronto como terminó de pronunciar esas palabras, cayó por la chimenea un alna de morcilla.

-¡Maldita sea la tragona con su morcilla! -dijo el marido-; no es un hermoso deseo, y sólo nos quedan dos que formular; por lo que a mí respecta, me gustaría que llevaras la morcilla en la punta de la nariz.

Y, al instante, el hombre se percató de que era más tonto aún que su mujer, pues, por ese segundo deseo, la morcilla saltó a la punta de la nariz de aquella pobre mujer que no podía arrancársela.

-¡Qué desgraciada soy! -exclamó- ¡eres un malvado por haber deseado que la morcilla se situara en la punta de mi nariz!

-Te juro, esposa querida, que no he pensado en que pudiera ocurrir -dijo el marido-. ¿Qué podemos hacer? Voy a desear grandes riquezas y te haré un estuche de oro para tapar la morcilla.

-¡Cuídate mucho de hacerlo! -prosiguió la mujer- pues me suicidaría si tuviera que vivir con esta morcilla en mi nariz, te lo aseguro. Sólo nos queda un deseo, cédemelo o me arrojaré por la ventana.

Mientras pronunciaba estas frases corrió a abrir la ventana y su marido, que la amaba, gritó:

-Detente mi querida esposa, te doy permiso para que pidas lo que quieras.

-Muy bien, -dijo la mujer- deseo que esta morcilla caiga al suelo.

Y al instante, la morcilla cayó. La mujer, que era inteligente, dijo a su marido:

-El hada se ha burlado de nosotros, y ha tenido razón. Tal vez hubiéramos sido más desgraciados siendo más ricos de lo que somos en este momento. Créeme, amigo mío, no deseemos nada y tomemos las cosas como Dios tenga a bien mandárnoslas; mientras tanto, comámonos la morcilla, puesto que es lo único que nos queda de los tres deseos.


El marido pensó que su mujer tenía razón, y cenaron alegremente, sin volver a preocuparse por las cosas que habrían podido desear.
 


(Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont) 

Piel de asno

 
Érase una vez un rey tan famoso, tan amado por su pueblo, tan respetado por todos sus vecinos, que de él podía decirse que era el más feliz de los monarcas. Su dicha se confirmaba aún más por la elección que hiciera de una princesa tan bella como virtuosa; y estos felices esposos vivían en la más perfecta unión. De su casto himeneo había nacido una hija dotada de encantos y virtudes tales que no se lamentaban de tan corta descendencia. La magnificencia, el buen gusto y la abundancia reinaban en su palacio. Los ministros eran hábiles y prudentes; los cortesanos virtuosos y leales, los servidores fieles y laboriosos. Sus caballerizas eran grandes y llenas de los más hermosos caballos del mundo, ricamente enjaezados. Pero lo que asombraba a los visitantes que acudían a admirar estas hermosas cuadras, era que en el sitio más destacado un señor asno exhibía sus grandes y largas orejas. Y no era por capricho sino con razón que el rey le había reservado un lugar especial y destacado. Las virtudes de este extraño animal merecían semejante distinción, pues la naturaleza lo había formado de modo tan extraordinario que su pesebre, en vez de suciedades, se cubría cada mañana con hermosos escudos y luises de todos tamaños, que eran recogidos a su despertar.
Pues bien, como las vicisitudes de la vida alcanzan tanto a los reyes como a los súbditos, y como siempre los bienes están mezclados con algunos males, el cielo permitió que la reina fuese aquejada repentinamente de una penosa enfermedad para la cual, pese a la ciencia y a la habilidad de los médicos, no se pudo encontrar remedio.
La desolación fue general. El rey, sensible y enamorado a pesar del famoso proverbio que dice que el matrimonio es la tumba del amor, sufría sin alivio, hacía encendidos votos a todos los templos de su reino, ofrecía su vida a cambio de la de su esposa tan querida; pero dioses y hadas eran invocados en vano.
La reina, sintiendo que se acercaba su última hora, dijo a su esposo que estaba deshecho en llanto:
-Permíteme, antes de morir, que te exija una cosa, si quisieras volver a casarte...
A estas palabras el rey, con quejas lastimosas, tomó las manos de su mujer, las bañó de lágrimas, y asegurándole que estaba de más hablarle de un segundo matrimonio:
-No, no -dijo por fin- mi amada reina, háblame más bien de seguirte.
-El Estado -repuso la reina con una firmeza que aumentaba las lamentaciones de este príncipe-, el Estado que exige sucesores ya que sólo te he dado una hija, debe apremiarte para que tengas hijos que se te parezcan; mas te ruego, por todo el amor que me has tenido, no ceder a los apremios de tus súbditos sino hasta que encuentres una princesa más bella y mejor que yo. Quiero tu promesa, y entonces moriré contenta.
Es de presumir que la reina, que no carecía de amor propio, había exigido esta promesa convencida de que nadie en el mundo podía igualarla, y se aseguraba de este modo que el rey jamás volviera a casarse. Finalmente, ella murió. Nunca un marido hizo tanto alarde: llorar, sollozar día y noche, menudo derecho que otorga la viudez, fue su única ocupación.
Los grandes dolores son efímeros. Además, los consejeros del Estado se reunieron y en conjunto fueron a pedirle al rey que volviera a casarse.
Esta proposición le pareció dura y le hizo derramar nuevas lágrimas. Invocó la promesa hecha a la reina, y los desafió a todos a encontrar una princesa más hermosa y más perfecta que su difunta esposa, pensando que aquello era imposible.
Pero el consejo consideró tal promesa como una bagatela, y opinó que poco importaba la belleza, con tal que una reina fuese virtuosa y nada estéril; que el Estado exigía príncipes para su tranquilidad y paz; que, a decir verdad, la infanta tenía todas las cualidades para hacer de ella una buena reina, pero era preciso elegirle a un extranjero por esposo; y que entonces, o el extranjero se la llevaba con él o bien, si reinaba con ella, sus hijos no serían considerados del mismo linaje y además, no habiendo príncipe de su dinastía, los pueblos vecinos podían provocar guerras que acarrearían la ruina del reino. El rey, movido por estas consideraciones, prometió que lo pensaría.
Efectivamente, buscó entre las princesas casaderas cuál podría convenirle. A diario le llevaban retratos atractivos; pero ninguno exhibía los encantos de la difunta reina. De este modo, no tomaba decisión alguna.
Por desgracia, empezó a encontrar que la infanta, su hija, era no solamente hermosa y bien formada, sino que sobrepasaba largamente a la reina su madre en inteligencia y agrado. Su juventud, la atrayente frescura de su hermosa piel, inflamó al rey de un modo tan violento que no pudo ocultárselo a la infanta, diciéndole que había resuelto casarse con ella pues era la única que podía desligarlo de su promesa.
La joven princesa, llena de virtud y pudor, creyó desfallecer ante esta horrible proposición. Se echó a los pies del rey su padre, y le suplicó con toda la fuerza de su alma, que no la obligara a cometer un crimen semejante.
El rey, que estaba empecinado con este descabellado proyecto, había consultado a un anciano druida, para tranquilizar la conciencia de la joven princesa. Este druida, más ambicioso que religioso, sacrificó la causa de la inocencia y la virtud al honor de ser confidente de un poderoso rey. Se insinuó con tal destreza en el espíritu del rey, le suavizó de tal manera el crimen que iba a cometer, que hasta lo persuadió de estar haciendo una obra pía al casarse con su hija.
El rey, halagado por el discurso de aquel malvado, lo abrazó y salió más empecinado que nunca con su proyecto: hizo dar órdenes a la infanta para que se preparara a obedecerle.
La joven princesa, sobrecogida de dolor, pensó en recurrir a su madrina, el hada de las Lilas. Con este objeto, partió esa misma noche en un lindo cochecito tirado por un cordero que sabía todos los caminos. Llegó a su destino con toda felicidad. El hada, que amaba a la infanta, le dijo que ya estaba enterada de lo que venía a decirle, pero que no se preocupara: nada podía pasarle si ejecutaba fielmente todo lo que le indicaría.
-Porque, mi amada niña -le dijo- sería una falta muy grave casarte con tu padre; pero, sin necesidad de contradecirlo, puedes evitarlo: dile que para satisfacer un capricho que tienes, es preciso que te regale un vestido color del tiempo. Jamás, con todo su amor y su poder, podrá lograrlo.
La princesa le dio las gracias a su madrina, y a la mañana siguiente le dijo al rey su padre lo que el hada le había aconsejado y reiteró que no obtendrían de ella consentimiento alguno hasta tener el vestido color del tiempo.
El rey, encantado con la esperanza que ella le daba, reunió a los más famosos costureros y les encargó el vestido bajo la condición de que si no eran capaces de realizarlo los haría ahorcar a todos.
No tuvo necesidad de llegar a ese extremo: a los dos días trajeron el tan ansiado traje. El firmamento no es de un azul más bello, cuando lo circundan nubes de oro, que este hermoso vestido al ser desplegado. La infanta se sintió toda acongojada y no sabía cómo salir del paso. El rey apremiaba la decisión. Hubo que recurrir nuevamente a la madrina quien, asombrada porque su secreto no había dado resultado, le dijo que tratara de pedir otro vestido del color de la luna.
El rey, que nada podía negarle a su hija, mandó buscar a los más diestros artesanos, y les encargó en forma tan apremiante un vestido del color de la luna, que entre ordenarlo y traerlo no mediaron ni veinticuatro horas. La infanta, más deslumbrada por este soberbio traje que por la solicitud de su padre, se afligió desmedidamente cuando estuvo con sus damas y su nodriza.
El hada de las Lilas, que todo lo sabía, vino en ayuda de la atribulada princesa y le dijo:
-O me equivoco mucho, o creo que si pides un vestido color del sol lograremos desalentar al rey tu padre, pues jamás podrán llegar a confeccionar un vestido así.
La infanta estuvo de acuerdo y pidió el vestido; y el enamorado rey entregó sin pena todos los diamantes y rubíes de su corona para ayudar a esta obra maravillosa, con la orden de no economizar nada para hacer esta prenda semejante al sol. Fue así que cuando el vestido apareció, todos los que lo vieron desplegado tuvieron que cerrar los ojos, tan deslumbrante era.
¡Cómo se puso la infanta ante esta visión! Jamás se había visto algo tan hermoso y tan artísticamente trabajado. Se sintió confundida; y con el pretexto de que a la vista del traje le habían dolido los ojos, se retiró a su aposento donde el hada la esperaba, de lo más avergonzada. Fue peor aún, pues al ver el vestido color del sol, se puso roja de ira.
-¡Oh!, como último recurso, hija mía, -le dijo a la princesa- vamos a someter al indigno amor de tu padre a una terrible prueba. Lo creo muy empecinado con este matrimonio, que él cree tan próximo; pero pienso que quedará un poco aturdido si le haces el pedido que te aconsejo: la piel de ese asno que ama tan apasionadamente y que subvenciona tan generosamente todos sus gastos. Ve, y no dejes de decirle que deseas esa piel.
La princesa, encantada de encontrar una nueva manera de eludir un matrimonio que detestaba, y pensando que su padre jamás se resignaría a sacrificar su asno, fue a verlo y le expuso su deseo de tener la piel de aquel bello animal.
Aunque extrañado por este capricho, el rey no vaciló en satisfacerlo. El pobre asno fue sacrificado y su piel galantemente llevada a la infanta quien, no viendo ya ningún otro modo de esquivar su desgracia, iba a caer en la desesperación cuando su madrina acudió.
-¿Qué haces, hija mía? -dijo, viendo a la princesa arrancándose los cabellos y golpeándose sus hermosas mejillas-. Este es el momento más hermoso de tu vida. Cúbrete con esta piel, sal del palacio y parte hasta donde la tierra pueda llevarte: cuando se sacrifica todo a la virtud, los dioses saben recompensarlo. ¡Parte! Yo me encargo de que todo tu tocador y tu guardarropa te sigan a todas partes; dondequiera que te detenga, tu cofre conteniendo vestidos, alhajas, seguirá tus pasos bajo tierra; y he aquí mi varita, que te doy: al golpear con ella el suelo cuando necesites tu cofre, éste aparecerá ante tus ojos. Mas, apresúrate en partir, no tardes más.
La princesa abrazó mil veces a su madrina, le rogó que no la abandonara, se revistió con la horrible piel luego de haberse refregado con hollín de la chimenea, y salió de aquel suntuoso palacio sin que nadie la reconociera.
La ausencia de la infanta causó gran revuelo. El rey, que había hecho preparar una magnífica fiesta, estaba desesperado e inconsolable. Hizo salir a más de cien guardias y más de mil mosqueteros en busca de su hija; pero el hada, que la protegía, la hacía invisible a los más hábiles rastreos. De modo que al fin hubo que resignarse.
Mientras tanto, la princesa caminaba. Llegó lejos, muy lejos, todavía más lejos, en todas partes buscaba un trabajo. Pero, aunque por caridad le dieran de comer, la encontraban tan mugrienta qué nadie la tomaba.
Andando y andando, entró a una hermosa ciudad, a cuyas puertas había una granja; la granjera necesitaba una sirvienta para lavar la ropa de cocina, y limpiar los pavos y las pocilgas de los puercos. Esta mujer, viendo a aquella viajera tan sucia; le propuso entrar a servir a su casa, lo que la infanta aceptó con gusto, tan cansada estaba de todo lo que había caminado.
La pusieron en un rincón apartado de la cocina donde, durante los primeros días, fue el blanco de las groseras bromas de la servidumbre, así era la repugnancia que inspiraba su piel de asno.
Al fin se acostumbraron; además, ella ponía tanto empeño en cumplir con sus tareas que la granjera la tomó bajo su protección. Estaba encargada de los corderos, los metía al redil cuando era preciso: llevaba a los pavos a pacer, todo con una habilidad como si nunca hubiese hecho otra cosa. Así pues, todo fructificaba bajo sus bellas manos.
Un día estaba sentada junto a una fuente de agua clara, donde deploraba a menudo su triste condición. Se le ocurrió mirarse: la horrible piel de asno que constituía su peinado y su ropaje, la espantó. Avergonzada de su apariencia, se refregó hasta que se sacó toda la mugre de la cara y de las manos, las que quedaron más blancas que el marfil, y su hermosa tez recuperó su frescura natural.
La alegría de verse tan bella le provocó el deseo de bañarse, lo que hizo; pero tuvo que volver a ponerse la indigna piel para volver a la granja. Felizmente, el día siguiente era de fiesta; así pues, tuvo tiempo para sacar su cofre, arreglar su apariencia, empolvar sus hermosos cabellos y ponerse su precioso traje color del tiempo. Su cuarto era tan pequeño que no se podía extender la cola de aquel magnífico vestido. La linda princesa se miraba y se admiraba a sí misma con razón, de modo que, para no aburrirse, decidió ponerse por turno todas sus hermosas tenidas los días de fiesta y los domingos, lo que hacía puntualmente. Con un arte admirable, adornaba sus cabellos mezclando flores y diamantes; a menudo suspiraba pensando que los únicos testigos de su belleza eran sus corderos y sus pavos que la amaban igual con su horrible piel de asno, que había dado origen al apodo con que la nombraban en la granja.
Un día de fiesta en que Piel de Asno se había puesto su vestido color del sol, el hijo del rey, a quien pertenecía esta granja, hizo allí un alto para descansar al volver de caza. El príncipe era joven, hermoso y apuesto; era el amor de su padre y de la reina su madre, y su pueblo lo adoraba. Ofrecieron a este príncipe una colación campestre, que él aceptó; luego se puso a recorrer los gallineros y todos los rincones.
Yendo así de un lugar a otro entró por un callejón sombrío al fondo del cual vio una puerta cerrada. Llevado por la curiosidad, puso el ojo en la cerradura. ¿pero qué le pasó al divisar a una princesa tan bella y ricamente vestida, que por su aspecto noble y modesto, él tomó por una diosa? El ímpetu del sentimiento que lo embargó en ese momento lo habría llevado a forzar la puerta, a no mediar el respeto que le inspirara esta persona maravillosa.
Tuvo que hacer un esfuerzo para regresar por ese callejón oscuro y sombrío, pero lo hizo para averiguar quién vivía en ese pequeño cuartito. Le dijeron que era una sirvienta que se llamaba Piel de Asno a causa de la piel con que se vestía; y que era tan mugrienta y sucia que nadie la miraba ni le hablaba, y que la habían tomado por lástima para que cuidara los corderos y los pavos.
El príncipe, no satisfecho con estas referencias, se dio cuenta de que estas gentes rudas no sabían nada más y que era inútil hacerles más preguntas. Volvió al palacio del rey su padre, indeciblemente enamorado, teniendo constantemente ante sus ojos la imagen de esta diosa que había visto por el ojo de la cerradura. Se lamentó de no haber golpeado a la puerta, y decidió que no dejaría de hacerlo la próxima vez.
Pero la agitación de su sangre, causada por el ardor de su amor, le provocó esa misma noche una fiebre tan terrible que pronto decayó hasta el más grave extremo. La reina su madre, que tenía este único hijo, se desesperaba al ver que todos los remedios eran inútiles. En vano prometía las más suntuosas recompensas a los médicos; éstos empleaban todas sus artes, pero nada mejoraba al príncipe. Finalmente, adivinaron que un sufrimiento mortal era la causa de todo este daño; se lo dijeron a la reina quien, llena de ternura por su hijo, fue a suplicarle que contara la causa de su mal; y aunque se tratara de que le cedieran la corona, el rey su padre bajaría de su trono sin pena para hacerlo subir a él; que si deseaba a alguna princesa, aunque se estuviera en guerra con el rey su padre y hubiese justos motivos de agravio, sacrificarían todo para darle lo que deseaba; pero le suplicaba que no se dejara morir, puesto que de su vida dependía la de sus padres. La reina terminó este conmovedor discurso no sin antes derramar un torrente de lágrimas sobre el rostro de su hijo.
-Señora -le dijo por fin el príncipe, con una voz muy débil- no soy tan desnaturalizado como para desear la corona de mi padre; ¡quiera el cielo que él viva largos años y me acepte durante mucho tiempo como el más respetuoso y fiel de sus súbditos! En cuanto a las princesas que me ofreces; aún no he pensado en casarme; y bien sabes que, sumiso como soy a sus voluntades, los obedeceré siempre, a cualquier precio.
-¡Ah!, hijo mío -repuso la reina- ningún precio es muy alto para salvarte la vida; mas, querido hijo, salva la mía y la del rey tu padre, diciéndome lo que deseas, y ten la plena seguridad que te será acordado.
-¡Pues bien!, señora -dijo él- si tengo que descubrirte mi pensamiento, te obedeceré. Me sentiría un criminal si pongo en peligro dos cabezas que me son tan queridas. Sí, madre mía, deseo que Piel de Asno me haga una torta y tan pronto como esté hecha, me la traigan.
La reina, sorprendida ante este extraño nombre, preguntó quién era Piel de Asno.
-Es, señora -replicó uno de sus oficiales que por casualidad había visto a esa niña-, la sabandija más vil después del lobo; una mugrienta que vive en la granja de usted y que cuida sus pavos.
-No importa -dijo la reina-, mi hijo, al volver de caza, ha probado tal vez su pastelería; es una fantasía de enfermo. En una palabra, quiero que Piel de Asno, puesto que de Piel de Asno se trata, le haga ahora mismo una torta.
Corrieron a la granja y llamaron a Piel de Asno para ordenarle que hiciera con el mayor esmero una torta para el príncipe.
Algunos autores sostienen que Piel de Asno, cuando el príncipe había puesto sus ojos en la cerradura, con los suyos lo había visto; y que en seguida, mirando por su ventanuco, había mirado a aquel príncipe tan joven, tan hermoso y bien plantado que no había podido olvidar su imagen y que a menudo ese recuerdo le arrancaba suspiros.
Como sea, si Piel de Asno lo vio o había oído decir de él muchos elogios, encantada de hallar una forma para darse a conocer, se encerró en su cuartucho, se sacó su fea piel, se lavó manos y rostro, peinó sus rubios cabellos, se puso un corselete de plata brillante, una falda igual, y se puso a hacer la torta tan apetecida: usó la más pura harina, huevos y mantequilla fresca. Mientras trabajaba, ya fuera adrede o de otra manera, un anillo que llevaba en el dedo cayó dentro de la masa y se mezcló a ella. Cuando la torta estuvo cocida, se colocó su horrible piel y fue a entregar la torta al oficial, a quien le preguntó por el príncipe; pero este hombre, sin dignarse contestar, corrió donde el príncipe a llevarle la torta.
El príncipe la arrebató de manos de aquel hombre y se la comió con tal avidez que los médicos presentes no dejaron de pensar que este furor no era buen signo. En efecto, el príncipe casi se ahogó con el anillo que encontró en uno de los pedazos, pero se lo sacó diestramente de la boca; y el ardor con que devoraba la torta se calmó, al examinar esta fina esmeralda montada en un junquillo de oro cuyo círculo era tan estrecho que, pensó él, sólo podía caber en el más hermoso dedito del mundo.
Besó mil veces el anillo, lo puso bajo sus almohadas, y lo sacaba cada vez que sentía que nadie lo observaba. Se atormentaba imaginando cómo hacer venir a aquélla a quien este anillo le calzara; no se atrevía a creer, si llamaba a Piel de Asno que había hecho la torta, que le permitieran hacerla venir; no se atrevía tampoco a contar lo que había visto por el ojo de la cerradura temiendo ser objeto de burla y tomado por un visionario; acosado por todos estos pensamientos simultáneos, la fiebre volvió a aparecer con fuerza. Los médicos, no sabiendo ya qué hacer, declararon a la reina que el príncipe estaba enfermo de amor. La reina acudió donde su hijo acompañada del rey que se desesperaba.
-Hijo mío, hijo querido -exclamó el monarca afligido- nómbranos a la que quieres. Juramos que te la daremos, aunque fuese la más vil de las esclavas.
Abrazándolo, la reina le reiteró la promesa del rey. El príncipe, enternecido por las lágrimas y caricias de los autores de sus días, les dijo:
-Padre y madre míos, no me propongo hacer una alianza que les disguste. Y en prueba de esta verdad -añadió, sacando la esmeralda que escondía bajo la cabecera- me casaré con aquella a quien le venga este anillo; y no parece que la que tenga este precioso dedo sea una campesina ordinaria.
El rey y la reina tomaron el anillo, lo examinaron con curiosidad, y pensaron, al igual que el príncipe, que este anillo no podía quedarle bien sino a una joven de alta alcurnia. Entonces el rey, abrazando a su hijo y rogándole que sanara, salió, hizo tocar los tambores, los pífanos y las trompetas por toda la ciudad, y anunciar por los heraldos que no tenían más que venir al palacio a probarse el anillo; y aquella a quien le cupiera justo se casaría con el heredero del trono.
Las princesas acudieron primero, luego las duquesas, las marquesas y las baronesas; pero por mucho que se hubieran afinado los dedos, ninguna pudo ponerse el anillo. Hubo que pasar a las modistillas que, con ser tan bonitas, tenían los dedos demasiado gruesos. El príncipe, que se sentía mejor, hacía él mismo probar el anillo.
Al fin les tocó el turno a las camareras, que no tuvieron mejor resultado. Ya no quedaba nadie que no hubiese ensayado infructuosamente la joya, cuando el príncipe pidió que vinieran las cocineras, las ayudantes, las cuidadoras de rebaños. Todas acudieron, pero sus dedos regordetes; cortos y enrojecidos no dejaron pasar el anillo más allá de la una.
-¿Hicieron venir a esa Piel de Asno que me hizo una torta en días pasados? -preguntó el príncipe.
Todos se echaron a reír y le dijeron que no, era demasiado inmunda y repulsiva.
-¡Que la traigan en el acto! -dijo el rey-. No se dirá que yo haya hecho una excepción.
La princesa, que había escuchado los tambores y los gritos de los heraldos, se imaginó muy bien que su anillo era lo que provocaba este alboroto. Ella amaba al príncipe y como el verdadero amor es timorato y carece de vanidad, continuamente la asaltaba el temor de que alguna dama tuviese el dedo tan menudo como el suyo. Sintió, pues, una gran alegría cuando vinieron a buscarla y golpearon a su puerta.
Desde que supo que buscaban un dedo adecuado a su anillo, no se sabe qué esperanza la había llevado a peinarse cuidadosamente y a ponerse su hermoso corselete de plata con la falda llena de adornos de encaje de plata, salpicados de esmeraldas. Tan pronto como oyó que golpeaban a su puerta y que la llamaban para presentarse ante el príncipe, se cubrió rápidamente con su piel de asno, abrió su puerta y aquellas gentes, burlándose de ella, le dijeron que el rey la llamaba para casarla con su hijo. Luego, en medio de estruendosas risotadas, la condujeron donde el príncipe quien, sorprendido él mismo por el extraño atavío de la joven, no se atrevió a creer que era la misma que había visto tan elegante y bella. Triste y confundido por haberse equivocado, le dijo:
-¿Eres tú la que habita al fondo de ese callejón oscuro, en el tercer gallinero de la granja?
-Sí, su señoría -respondió ella.
-Muéstrame tu mano -dijo él temblando y dando un hondo suspiro.
¡Señores! ¿quién quedó asombrado? Fueron el rey y la reina, así como todos los chambelanes y los grandes de la corte, cuando de adentro de esa piel negra y sucia, se alzó una mano delicada, blanca y sonrosada, y el anillo entró sin esfuerzo en el dedito más lindo del mundo; y, mediante un leve movimiento que hizo caer la piel, la infanta apareció de una belleza tan deslumbrante que el príncipe, aunque todavía estaba débil, se puso a sus pies y le estrechó las rodillas con un ardor que a ella la hizo enrojecer. Pero casi no se dieron cuenta pues el rey y la reina fueron a abrazar a la princesa, pidiéndole si quería casarse con su hijo.
La princesa, confundida con tantas caricias y ante el amor que le demostraba el joven príncipe, iba, sin embargo, a darles las gracias, cuando el techo del salón se abrió, y el hada de las Lilas, bajando en un carro hecho de ramas y de las flores de su nombre, contó, con infinita gracia, la historia de la infanta.
El rey y la reina, encantados al saber que Piel de Asno era una gran princesa, redoblaron sus muestras de afecto; pero el príncipe fue más sensible ante la virtud de la princesa, y su amor creció al saberlo. La impaciencia del príncipe por casarse con la princesa fue tanta, que a duras penas dio tiempo para los preparativos apropiados a este augusto matrimonio.
El rey y la reina, que estaban locos con su nuera, le hacían mil cariños y siempre la tenían abrazada. Ella había declarado que no podía casarse con el príncipe sin el consentimiento del rey su padre. De modo que fue el primero a quien le enviaran una invitación, sin decirle quién era la novia; el hada de las Lilas, que supervigilaba todo, como era natural, lo había exigido a causa de las consecuencias.
Vinieron reyes de todos los países; unos en silla de manos, otros en calesa, unos más distantes montados sobre elefantes, sobre tigres, sobre águilas: pero el más imponente y magnífico de los ilustres personajes fue el padre de la princesa quien, felizmente, había olvidado su amor descarriado y contraído nupcias con una viuda muy hermosa que no le había dado hijos.
La princesa corrió a su encuentro; él la reconoció en el acto y la abrazó con una gran ternura, antes de que ella tuviera tiempo de echarse a sus pies. El rey y la reina le presentaron a su hijo, a quien colmó de amistad. Las bodas se celebraron con toda pompa imaginable. Los jóvenes esposos, poco sensibles a estas magnificencias, sólo tenían ojos para ellos mismos.
El rey, padre del príncipe, hizo coronar a su hijo ese mismo día y, besándole la mano, lo puso en el trono, pese a la resistencia de aquel hijo bien nacido; pero había que obedecer.
Las fiestas de esta ilustre boda duraron cerca de tres meses y el amor de los dos esposos todavía duraría si los dos no hubieran muerto cien años después. 



(Charles Perrault)


MORALEJA
El cuento de Piel de Asno parece exagerado;
pero mientras existan en el mundo criaturas
y haya madres y abuelas que narren aventuras,
estará su recuerdo
conservado.