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martes, 29 de julio de 2014

Historia de La isla de los sentimientos



LA ISLA DE LOS SENTIMIENTOS


Erase una vez una isla donde habitaban todos los sentimientos:

La alegría, la tristeza y muchos más, incluyendo el Amor.

Un día les fue avisado a los moradores que la isla se iba a hundir.

Todos los sentimientos se apresuraron a salir de la isla,

se metieron en sus barcos y se prepararon a partir,

pero el Amor se quedó,

porque se quería quedar un rato más con la isla que tanto amaba antes de que se hundiese.

Cuando por fin ya estaba casi ahogado, el Amor comenzó a pedir ayuda.

En eso venía la Riqueza y el Amor le dijo: Riqueza llévame contigo.

No puedo – le contestó – hay mucho oro y plata en mi barco,

No tengo espacio para tí.

Entonces el Amor le pidió ayuda a la Vanidad: por favor ayúdame.

La vanidad le dijo: no te puedo llevar tu estás todo mojado,

Vas a arruinar mi barco nuevo.

El Amor le pidió ayuda a la Tristeza: Tristeza me dejas ir contigo?.

Ella le respondió: Ay !! Amor estoy tan triste que prefiero estar solita.

También paso la Alegría, pero ella estaba tan alegre,

que no oyó el Amor llamar.

Allí fue cuando una voz le llamó; ven Amor yo te llevo, era un viejito, pero el Amor estaba tan feliz que se le olvidó preguntarle su nombre.

Al llegar a tierra firme le pregunto a la sabiduría:

Sabiduría, ¿ quién era el viejito que me trajo aquí ?

Ella respondió: era el Tiempo.

¿ El Tiempo ? preguntó el Amor,

pero, ¿ porqué solo el Tiempo me quiso traer ?.

La Sabiduría le respondió:

Porque solo el tiempo es capaz de ayudar a entender un gran Amor…






 Duele amar a alguien y no ser correspondidos, pero lo que es más doloroso es amar a alguien y nunca encontrar el valor para decirle a esa persona lo que sientes.

Tal vez Dios quiere que nosotros conozcamos a unas cuantas personas equivocadas antes de conocer a la persona correcta, para que al fin cuando la conozcamos, sepamos ser agradecidos por ese maravilloso regalo.

Una de las cosas más tristes de la vida es cuando conoces a alguien que significa todo, solo para darte cuenta que al final no era para tí, y lo tienes que dejar ir.

Cuando la puerta de la felicidad se cierra, otra puerta se abre, pero algunas veces miramos tanto tiempo a aquella puerta que se cerró, que no vemos la que se ha abierto frente a nosotros.

Es cierto que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos, pero también es cierto que no sabemos lo que nos hemos estado perdiendo hasta que lo encontramos.

Darle a alguien todo tu amor nunca es un seguro de que te amarán de regreso, pero no esperes que te amen de regreso, sólo espero que el amor crezca en el corazón de la otra persona, pero si no crece, sé feliz porque creció en el tuyo.

Hay cosa que te encantaría oír que nunca escucharás de la persona que te gustaría que te las dijera pero no seas tan sorda(o) para no oírlas de aquel que las dice desde su corazón.

Nunca digas adiós si todavía quieres tratar.

Nunca te des por vencida(o) si sientes que puedes seguir luchando.

Nunca le digas a una persona que ya no la amas si no puedes dejarla ir.

El amor llega a aquel que espera, aunque lo hayan decepcionado, a aquel que aún cree, aunque haya sido traicionado, a aquel que todavía necesite amar, aunque antes haya sido lastimado, y aquel que tiene el coraje y la fe para construir la confianza de nuevo.

El principio del amor es dejar que aquellos que conocemos sean ellos mismos,

y no tratarlos de voltear con nuestra propia imagen,

porque entonces sólo amaremos el reflejo de nosotros mismos en ellos.

No vayas por el exterior, este te puede engañar.

No vayas por las riquezas, porque aún eso se pierde.

Ve por alguien que te haga sonreír, porque toma tan solo una sonrisa para hacer que un día oscuro brille.

Espero que encuentres aquella persona que te haga sonreír.

Hay momentos en los que se extraña a una persona tanto que quieres sacarla de tus sueños y abrazarla con todas tus fuerzas.

Espero que sueñes con alguien especial.

Sueña lo que quieras soñar, ve adonde quieras ir, sé lo que quieras ser, porque tienes tan sólo una vida y una oportunidad para hacer todo lo que quieras hacer.

Espero que tengas:

Suficiente felicidad para hacerte dulce.

Suficientes pruebas para hacerte fuerte.

Suficiente dolor para mantenerte humana(o).

Suficiente esperanza para ser feliz.

Las personas más felices no siempre tienen lo mejor de todo, sólo sacan lo mejor de todo lo que encuentran en su camino.

La felicidad espera por aquellos que lloran, aquellos que han sido lastimados, aquellos que buscan, aquellos que tratan, porque sólo ellos pueden apreciar la importancia de las personas que han tocado sus vidas.

El Amor comienza con una sonrisa, crece con un beso y muere con una lágrima.

La brillantez del futuro siempre será basada en un pasado olvidado.

No puedes ir feliz por la vida hasta que dejes ir tus fracasos pasados y los dolores de tu corazón.

Cuando naciste, tú llorabas y todos alrededor sonreían;

Vive tu vida de forma tal que cuando mueras tú, sonrías, y todos alrededor te lloren.




lunes, 28 de abril de 2014

La Isla de las Hadas

Muy lejos, en medio del océano, hay una isla muy pequeñita, que jamás fue vista por ningún barco. Es una isla que no figura en los mapas, pues es una isla mágica.
Cuentan las leyendas, que allí viven diminutas hadas y que las flores y los árboles pueden hablar. El río canta y su voz es tan melodiosa, que embeleza a todos. La luna se ríe a carcajadas cuando las hadas le cuentan sus chistes.
Los habitantes de la isla de las hadas tienen una costumbre, cada día realizan un sorteo. Dentro de un enorme cofre, guardan los nombres de todos los niños del mundo, entre estos nombres, se elige uno. El niño favorecido, podrá pasar varias horas en la isla.

Todos los niños elegidos para visitar la isla, deben cumplir dos requisitos: el primero, es que deben estar dormidos cuando los pasan a buscar y el segundo, pero no menos importante, es que deben haber sido muy buenos durante el día.
El día que el nombre de Leo fue escogido, el pequeño estaba profundamente dormido cuando las hadas entraron por la ventana y se lo llevaron volando por encima de los tejados. Se despertó al llegar a la isla, en medio de una gran fiesta, que se celebraba en su honor.
Había mesas enormes con comida por todas partes: dulces, frutas que no conocía, pasteles, adornados con flores, y jugos suaves y coloridos, servidos en vasos de cristal.
Después de comer todo lo que quiso, lo llevaron a recorrer la isla. Allí pudo escuchar el canto mágico del río. Visitó un campo de flores silvestres gigantes, que tenían cosquillas y se ponían a reír cuando las rozaban.
El viaje estuvo fantástico, tanto, que Leo quería volver. Preguntó si podría hacerlo y las hadas le contestaron que todo era posible:
- Tan sólo debes portarte bien. Tal vez tengas suerte y te toque volver.
El pequeño se despidió y las hadas lo cubrieron con el polvo mágico del sueño. Luego, lo llevaron de regreso a su cama, donde lo depositaron con mucho cuidado.
A la mañana siguiente, cuando despertó, estaba muy alegre y su madre le preguntó el motivo de tanta alegría.
- Es que tuve un sueño tan hermoso. Estuve en un país mágico, con hadas y flores silvestres gigantes y muchas otras cosas. – contó Leo a su madre, convencido de que se trataba de un hermoso sueño.
Pero cuando la madre notó que olía a flores silvestres, entonces Leo comenzó a dudar de que hubiera sido un sueño.


La isla del hada

EDGAR ALLAN POE


Marmontel, en esos "Contes Moraux" (cuentos de costumbres) que nuestros traductores se obstinan en llamar "Moral Tales" (cuentos morales), como si nos burlásemos de su verdadero espíritu, dice: "La rnusique est le seul des talents qui jouissent de lui meme; tous les autres, veulent des témoins". ("La música es la única habilidad que se disfruta por sí misma; les demás necesitan testigos").



Marmontel confunde aquí el placer que se deriva de oír sonidos agradables con la capacidad de crearlos. La música, como ningún otro talento, no es capaz de producir un goce completo si no existe otra persona para apreciar su ejecución. Este arte sólo tiene de común con los demás artes la propiedad de producir "efectos", que pueden ser gozados plenamente en la soledad. La idea que el "raconteur" no ha podido concebir claramente o que ha sacrificado su expresión a la afición nacional del rasgo de ingenio, es, sin duda, la muy sostenible de que el orden más alto de la música es el que de modo más absoluto se siente cuando estamos completamente solos. La proposición, formulada de esta forma, será inmediatamente admitida por aquellos que aman la lira por sí misma y por sus valores espirituales. Pero existe todavía un placer al alcance de la humanidad doliente (y quizá sea éste el único) que debe aún más que la música al disfrute paralelo de la sensación de soledad. Quiero decir la felicidad que proporciona la contemplación de un paisaje natural. En verdad, el hombre que desea contemplar cara a cara la gloria de Dios sobre la Tierra debe contemplar en soledad esta gloria. A mí, al menos, la presencia no de la vida humana únicamente, sino de la vida en cualquier otra forma que no sea la de los elementos vegetales que crecen sobre el suelo y no tienen voz, es un borrón para el paisaje y está en contraposición con el genio del mismo. Me gusta, en efecto, contemplar los oscuros valles y las rocas grises, y las aguas que silenciosamente sonríen, y los bosques que suspiran en intranquilos ensueños, y las orgullosas y vigilantes montañas que nos miran desde lo alto. Me gusta contemplar estas cosas por sí mismas, pero no aisladamente, sino como colosales miembros de un vasto conjunto animado y consciente, como un todo, cuya forma (la de la esfera) es la más perfecta y comprensiva de todas las estructuras; cuya ruta transcurre entre otros planetas; cuya dócil servidora es la Luna; cuyo soberano inmediato es el Sol; cuya vida es la eternidad; cuyo pensamiento es Dios; cuyo placer es el conocimiento; cuyos destinos se pierden en la inmensidad, y cuyo conocimiento de nosotros mismos es semejante al que nosotros tenemos de los animálculos que infectan el cerebro...; un conjunto que, en consecuencia, consideramos tan animado y material como estos animálculos deben consideramos a nosotros.

Nuestros telescopios e investigaciones matemáticas aseguran en todos sentidos, y a pesar del confusionismo de la más ignorante clerecía, que el espacio, y, por consiguiente, el volumen, constituye una importante consideración a los ojos del Todopoderoso. Las órbitas por las que se mueven los astros son las más adaptadas para la evolución sin choque del mayor número posible de cuerpos. Las formas de estos cuerpos están exactamente dispuestas de manera que una superficie determinada pueda contener la mayor cantidad de materia, y están dispuestas para acomodar una población más densa de la que hubiesen podido acomodar si hubiesen estado dispuestas de otro modo. No existe argumento contra la idea, aunque el espacio sea infinito, de que el volumen tiene valor a los ojos de Dios, porque puede haber una infinita materia para llenarlo. Y puesto que vemos claramente que el dotar a la materia de vitalidad es un principio y, por lo que podemos juzgar, el principal de todos en las operaciones de la Divinidad, carecería de toda lógica el imaginar a Dios confinado en las regiones de lo minúsculo, donde diariamente se nos revela, y no extenderse a las regiones de lo augusto. Cuando describimos círculos dentro de círculos sin fin, evolucionando todos alrededor de uno, único y distante, que es la cabeza de Dios, ¿no podemos suponer analógicamente que del mismo modo, hay una vida dentro de otra, la menor dentro de la mayor, y todo dentro del Espíritu Divino? En resumen: que erramos fatalmente por un efecto de autoestimación, cuando creemos que el hombre, en sus destinos temporales o futuros, es más importante que el Universo, que aquel enorme "légamo del valle" que cultiva y desprecia y al que niega la existencia de un alma por la sola razón, y sin que tenga otra más profunda, que la de no verla en acción.

Estas fantasías, y otras del mismo estilo, siempre han dado a mis meditaciones entre las montañas y las selvas, por los ríos y el océano, un tinte de lo que la gente corriente no dejaría de considerar fantástico. Mis vagabundeos por tales escenarios naturales han sido muchos, de largo alcance y de ordinario solitarios. Y el interés con que he errado por un valle profundo, o contemplado el cielo reflejado en numerosos y brillantes lagos, ha sido un interés grandemente aumentado por el pensamiento de que yo estaba perdido y lo observaba solo. ¿Qué charlatán francés fue el que dijo, refiriéndose al conocido trabajo de Zimmerman, que "La solitude est une belle chose; mais it faut quelqu'un pour vous dore que la solitude es une belle chase"? ("Ya verdad es muy bonita; pero es preciso que haya alguien que pueda decíroslo"). El epigrama no se puede contradecir; pero tal necesidad es una cosa que no existe.

Durante uno de mis paseos solitarios, en medio de una región muy distante, encerrada entre montañas, con tristes ríos y lagos melancólicos que serpenteaban o dormían, me hallé por casualidad ante un río en el que había una isla. Corría el frondoso mes de junio, y me tumbé sobre el césped, debajo de las ramas de un oloroso y desconocido arbusto, quedándome adormecido mientras contemplaba el paisaje. Sentí que aquélla era la única forma en que podía hacerlo; tal era el carácter fantasmagórico que ofrecía.

Por todos lados —salvo en el oeste, donde el sol estaba casi a punto de ocultarse— se elevaban las murallas verdes del bosque. El pequeño río, que describía una curva muy cerrada en su curso y de este modo se ocultaba inmediatamente a mi vista hacía el este, parecía que no podía salir de su prisión sino para ser absorbido por el follaje de los árboles, mientras que por el lado opuesto (así me pareció mientras yacía en el suelo, con la mirada hacia arriba) caía en el valle silenciosamente y de forma continua una rica cascada dorada y purpúrea, lanzada por las fuentes del cielo, allí por donde se pone el sol.

A mitad del camino, dentro de la pequeña perspectiva que alcanzaba mi mirada, reposaba en el seno de la corriente una pequeña isla circular, profundamente llena de verdor.

"Tan fundidas las riberas y las sombras que todo parecía suspendido en el aire".

El agua cristalina era tan semejante a un espejo que era casi imposible decir en qué punto de la orilla esmeralda comenzaba su transparente dominio. Mi posición me permitía abarcar de una sola mirada las extremidades este y oeste de la isla, y observé en sus aspectos una diferencia singularmente marcada. La parte oeste era un radiante harén de floridas bellezas. Brillaba y enrojecía bajo la mirada del sol y reía desmayadamente a través de sus flores. La hierba era corta, flexible y aromática, salpicada de asfódelos. Los árboles eran jóvenes, risueños, erguidos, esbeltos y graciosos, orientales por el follaje y forma, con corteza lisa, lustrosa y parcialmente coloreada. Por todas partes parecía flotar un sentimiento de felicidad y vida; y aunque no soplaba viento alguno, todo se movía, agitado por el suave balanceo de incontables mariposas, a las que podía confundirse con tulipanes alados.

El otro extremo de la isla, el oriental, estaba sumido en una sombría negrura. Una neblina de melancolía, todavía hermosa y reposada, envolvía todas las cosas. Los árboles eran de un color oscuro, de lúgubre forma y aspecto, retorciéndose en figuras tristes, solemnes y espectrales, que traían a la mente ideas de pesar mortal y muerte prematura. La hierba tenía el tinte profundo de los cipreses y las puntas de sus briznas colgaban lánguidamente, y entre ellos se elevaban, aquí y allá, muchos toscos montículos, bajos y estrechos, no demasiado largos, que tenían el aspecto de tumbas, aunque, desde luego, no lo eran, si bien trepaban por todas las partes de su superficie las matas de ruda y de romero. La sombra de los árboles caía pesadamente sobre el agua y parecía quedar allí enterrada, impregnando de oscuridad las profundidades del líquido elemento.

Imaginé que cuando el sol bajara más y más, cada sombra se separaría con gesto huraño del tronco que le daba vida, y así de este modo sería absorbida por la corriente, en tanto que otras sombras nacerían a cada momento de los árboles, ocupando el lugar de sus difuntas predecesoras.

Una vez que esta idea tomó cuerpo en mi imaginación, excitó a ésta en grado sumo y me quedé extraviado en otros ensueños. "Si alguna vez hubo una isla encantada —me dije a mí mismo—, ésta es una de ellas". Éste es el lugar de unas cuantas hadas gentiles que sobreviven a la destrucción de su raza. ¿Serán suyas estas tumbas verdes? ¿O, por el contrario, entregan ellas sus dulces existencias del mismo modo que la humanidad deja las suyas? ¿Será acaso su muerte una consunción melancólica? ¿Entregarán a Dios poco a poco su existencia, como los árboles entregan sus sombras una tras otra, agotando su sustancia lentamente, hasta la disolución? Lo que el árbol decadente es para el agua que embebe su sombra, ennegreciéndose cada vez más a medida que devora su presa. ¿No será lo que la vida de las hadas pueda ser a la muerte que las consume?"

Cuando así meditaba, con los ojos medio cerrados, mientras el sol se hundía rápidamente hacia su ocaso y la mortecina corriente iba deslizándose alrededor de la isla, arrastrando en su seno grandes, resplandecientes y blancas tiras que se habían desprendido de los sicómoros —tiras que una ardiente imaginación podría convertir, gracias a las múltiples posiciones que adoptaban sobre el agua, en lo que le agradara—; mientras de este modo soñaba, me pareció que la figura de una de esas hadas con quienes yo había soñado salía lentamente del extremo oeste de la isla, internándose en las tinieblas. Iba erguida en una singular y frágil canoa y la movía con un simple remo fantasmal. Mientras estuvo sometida a la influencia de las rayos del sol, su actitud parecía indicar alegría, pero se alteró por la angustia cuando pasó a la zona de las sombras. Lentamente fue deslizándose y al final rodeó la isla y volvió a penetrar en la zona de luz. "La vuelta que acaba de dar el hada —continué musitando en mi interior —es la vuelta de un breve año de su vida. Ha flotado a través del invierno y a través del verano. Ella está un año más cerca de la muerte, pues yo he podido ver cómo, cuando se acercaba a la zona tenebrosa, su sombra se desprendía de ella y era absorbida por el agua oscura, haciendo ésta todavía más negra".

De nuevo apareció el bote con el hada; pero en la actitud de ésta había más de cuidado y de incertidumbre y menos de extática alegría. De nuevo flotó desde la luz a la oscuridad (que se acendraba por momentos) y de nuevo su sombra, desprendiéndose de ella, caía en las aguas de ébano y era absorbida por ellas. Una vez y otra describió el circuito alrededor de la isla (mientras el sol se precipitaba en su caída); y cada vez que salía a la luz se observaba mayor pesar en su persona; tornábase más débil, más abatida y más desdibujada; y cada vez que se internaba en la oscuridad se le desprendía una sombra de progresiva negrura. Finalmente, cuando el sol había desaparecido por completo, el hada, puro fantasma de sí misma, penetró desconsoladamente con su barca en la región del río de ébano. No puedo decir si volvió a salir de allí, pues la oscuridad cubrió todas las cosas y ya no volví a contemplar su mágica figura.





Gentileza de Ruthbén Darío